Y aquí vuelvo yo con un post largo. En la noche de Reyes, mientras mis padres y mis hermanos andan fuera de casa (algunos fuera de la península y otros, simplemente, fuera de casa) yo acabo de regresar de pasar una muy agradable noche. He cenado en casa de unos amigos y me he tomado tres Gin Tonics después del cuasi-obligatorio café y el aguardiente, con lo que, francamente, tampoco puedo (ni debo) quejarme. La verdad es que no ha estado mal, para que engañarnos.
Pero es igual, porque siempre hay alguna mancha negativa en todas las veladas. Nada serio, francamente. Sin embargo me ha recordado a un pasado relativamente cercano. Os pongo en situación, porque llevo ya unas líneas y aún no os habéis enterado de lo que hablo.
Durante mi etapa escolar, y después el instituto, crecí y jugué con un amigo de mi barrio. Durante el colegio eramos inseparables, con todo lo que significaba eso entonces. Si uno se metía en una pelea, el otro se metía de cabeza a zurrarse con quien hiciese falta. Claro, en el primer año de instituto pasaba lo mismo, con lo que fueron más de una y de dos las veces que me vi metido en una pelea en la que, sin haber metido “baza”, acaba recibiendo por algún lado. Sin embargo, en segundo de la ESO la cosa cambió de manera radical. Mi amigo, que sin darnos cuenta pasó a ser un colega (escalón por debajo, por supuesto) comenzó a juntarse con gente que a mí no me gustaba. El círculo de amigos de siempre perdió un miembro en aquel momento, pero no le dimos más importancia de la que realmente pensábamos que merecía, pues le seguíamos viendo todos los días y volvíamos todos a casa juntos.
Ya en tercero la amistad era un recuerdo del pasado. En dos años todo había cambiado. La cuadrilla de amigos seguíamos jugando al fútbol juntos, claro, pero como adolescentes que éramos, la mayoría nos habíamos dado ya a los placeres del magreo con las novias. Nada salvaje, sólo sobeteos y besos que con 15 años te parecen la gloria. El chico del que os hablo había cortado cualquier conexión con nosotros. Le veíamos de vez en cuando con los “malotes” del instituto fumando porros en la puerta del instituto o en los recreativos.
Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Cinco años después, cuando yo acabé bachillerato, el aún estaba en tercero de la ESO. Por lo que pude saber, el que otrora fuera mi mejor amigo (preescolar une más de lo que parece) se había metido en más líos de los que podría recordar. Líos pequeños, si, pero en los que nunca pensé que se vería. Por supuesto, experimentó con drogas. De hecho, los pocos que quedamos de aquella cuadrilla pensamos que aquel fue el declive de lo que pudo llegar a ser. Y lo digo así porque no era tonto. Vale que ninguno eramos un Einstein, pero siempre hemos tenido nuestras pequeñas cosas. Él ya no.
Todo le ha pasado factura. Mucha, me atrevo a añadir. Y me jode. Me jode porque él se lo buscó. Nosotros le dijimos algo en muchas ocasiones, pero hizo caso omiso. Ahora está físicamente desmejorado. Obviamente no parece un Yonki, pero a la hora de hablar y de compararle con quien fue se nota. Y no es que sea yonki de lata de San Miguel de medio litro y chándal de tactel, no, pero sí que sé que “quien tuvo, retuvo”.
Por qué os he contado todo esto, os preguntaréis. Lo he contado porque, a menor escala, lo estoy volviendo a ver. No es algo tan extremo, claro, pero si que guarda similitudes. Lo veo en una muchacha que conozco. Una chica prometedora sin duda. Guapa y lista. Alguna vez os he hablado de ella. Por motivos que no vienen al caso me jode más, porque sé que además sabe que me preocupo por ella por este mismo motivo. Si, ya sé que no os enteráis, así que vuelvo a explicarme.
Pongamos que tiene una edad entre 20 y 25 años. Es lista, como digo, pero no acaba de darse cuenta de que se está quedando medio ida por la cantidad ingente de porros que se fuma. Hasta donde sé, en el piso en el que vive es algo habitual y, dicho por ella misma, no es una cosa que tenga intención de dejar a corto plazo. Sin embargo, y no soy el único que lo ve, se está “quedando atrapada”. Esto significa que tiene una gran pérdida de atención cuando estás hablando con ella, o que se queda “pillada”, no sé si me entendéis. Lo que viene siendo falta de concentración, vamos. Digamos que de cada cuatro cigarrillos que se fuma, la mitad son “de la risa”.
No sé, es complicado de explicar, desde luego. Sobre todo porque, como entonces, sólo puedes ser un mero espectador. Pero me jode. Me jode y mucho, porque es alguien que merece la pena. Sin embargo, cuando le hablas del tema como yo he hecho esta noche (y por eso escribo esto) te dice que sí, que puedes tener razón y que lo pensará. Claro, palabras inútiles si te lo dice mientras está “con las manos en la masa”.
Cosas que joden, amigos. Preocuparte por gente que te importa, ya sea mucho o poco, pero que te importa y que esa preocupación caiga en saco roto porque hacen caso omiso de lo que dices es algo que no me gusta nada, pero con lo que tampoco puedes luchar. El tiempo, como decía aquel, pone a cada uno en su sitio. A mi compañero de clase lo ubicó hace un tiempo ya. A ella… prefiero no saberlo. Somos todos mayores y no tengo por qué andar diciendo a los demás lo que tienen que hacer. No soy quién, claro. Pero no dejo de pensar que soy parte de ese problema. Al igual que con mi amigo, la responsabilidad de no dejar que vaya a más es mía también. Tema complicado este. Mejor me voy a la cama.
