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El cuervo

Ya lo publiqué en 2007 (¿tanto hace?), pero nunca veré suficiente la poca promoción que le hago tanto al poema del gran Edgar Allan Poe como al audio extraí­do del que antaño fuese el programa que me mantení­a en vela hasta las tantas de la madrugada, que no es otro que “La rosa de los vientos“.

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El cuervo

Una vez, al filo de una lúgubre media noche

mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,

inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,

cabeceando, casi dormido,

oyóse de súbito un leve golpe,como si suavemente tocaran,

tocaran a la puerta de mi cuarto.“Es €”dije musitando€” un visitante

tocando quedo a la puerta de mi cuarto.

Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdode un gélido diciembre;

espectros de brasas moribundas

reflejadas en el suelo;

angustia del deseo del nuevo dí­a;

en vano encareciendo a mis librosdieran tregua a mi dolor.

Dolor por la pérdida de Leonora,

la única,virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.

Aquí­ ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante

de la seda de las cortinas rojas

llenábame de fantásticos terrores

jamás antes sentidos. Y ahora aquí­,

en pie,acallando el latido de mi corazón,

vuelvo a repetir:

“Es un visitante a la puerta de mi cuarto

queriendo entrar. Algún visitante

que a deshora a mi cuarto quiere entrar.

Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba brí­os,

y ya sin titubeos:

“Señor €”dije€” o señora, en verdad vuestro perdón

imploro,mas el caso es que, adormilado

cuando vinisteis a tocar quedamente,

tan quedo vinisteis a llamar,

a llamar a la puerta de mi cuarto,

que apenas pude creer que os oí­a.”

Y entonces abrí­ de par en par la puerta:

Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura

permanecí­ largo rato, atónito, temeroso,

dudando, soñando sueños que ningún mortal

se haya atrevido jamás a soñar.

Mas en el silencio insondable la quietud callaba,

y la única palabra ahí­ proferidaera el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”

Lo pronuncié en un susurro, y el eco

lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”

Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,

toda mi alma abrasándose dentro de mí­,

no tardé en oí­r de nuevo tocar con mayor fuerza.

“Ciertamente €”me dije€”, ciertamente

algo sucede en la reja de mi ventana.

Dejad, pues, que vea lo que sucede allí­,

y así­ penetrar pueda en el misterio.

Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,

y así­ penetrar pueda en el misterio.”

¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí­ la puerta,

y con suave batir de alas, entró

un majestuoso cuervo

de los santos dí­as idos.

Sin asomos de reverencia,

ni un instante quedo;

y con aires de gran señor o de gran dama

fue a posarse en el busto de Palas,

sobre el dintel de mi puerta

Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano

cambió mis tristes fantasí­as en una sonrisa

con el grave y severo decoro

del aspecto de que se revestí­a.

“Aun con tu cresta cercenada y mocha €”le dije€”,

no serás un cobarde,

hórrido cuervo vetusto y amenazador.

Evadido de la ribera nocturna.

¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”

Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado

pudiera hablar tan claramente;

aunque poco significaba su respuesta.

Poco pertinente era. Pues no podemos

sino concordar en que ningún ser humano

ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro

posado sobre el dintel de su puerta,

pájaro o bestia, posado en el busto esculpido

de Palas en el dintel de su puerta

con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto

las palabras pronunció, como virtiendo

su alma sólo en esas palabras.

Nada más dijo entonces;

no movió ni una pluma.

Y entonces yo me dije, apenas murmurando:

“Otros amigos se han ido antes;

mañana él también me dejará,

como me abandonaron mis esperanzas.”

Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio

tan idóneas palabras,

“sin duda €”pens途, sin duda lo que dice

es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido

de un amo infortunado a quien desastre impí­o

persiguió, acosó sin dar tregua

hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,

hasta que las endechas de su esperanza

llevaron sólo esa carga melancólica

de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todaví­a

de mis tristes fantasí­as una sonrisa;

acerqué un mullido asiento

frente al pájaro, el busto y la puerta;

y entonces, hundiéndome en el terciopelo,

empecé a enlazar una fantasí­a con otra,

pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,

lo que este torvo, desgarbado, hórrido,

flaco y ominoso pájaro de antaño

querí­a decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra

,frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,

quemaban hasta el fondo de mi pecho.

Esto y más, sentado, adivinaba,

con la cabeza reclinada

en el aterciopelado forro del cojí­n

acariciado por la luz de la lámpara;

en el forro de terciopelo violeta

acariciado por la luz de la lámpara

¡que ella no oprimirí­a, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire

se tornaba más denso, perfumado

por invisible incensario mecido por serafines

cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.

“¡Miserable €”dije€”, tu Dios te ha concedido,

por estos ángeles te ha otorgado una tregua,

tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!

¡Apura, oh, apura este dulce nepente

y olvida a tu ausente Leonora!”

Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” €”exclam途, ¡cosa diabolica!

¡Profeta, sí­, seas pájaro o demonio

enviado por el Tentador, o arrojado

por la tempestad a este refugio desolado e impávido,

a esta desértica tierra encantada,

a este hogar hechizado por el horror!

Profeta, dime, en verdad te lo imploro,

¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?

¡Dime, dime, te imploro!”

Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! €”exclam途, ¡cosa diabólica!

¡Profeta, sí­, seas pájaro o demonio!

¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,

ese Dios que adoramos tú y yo,

dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén

tendrá en sus brazos a una santa doncella

llamada por los ángeles Leonora,

tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen

llamada por los ángeles Leonora!”

Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida

pájaro o espí­ritu maligno! €”le grité presuntuoso.

¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.

No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira

que profirió tu espí­ritu!

Deja mi soledad intacta.

Abandona el busto del dintel de mi puerta.

Aparta tu pico de mi corazón

y tu figura del dintel de mi puerta.

Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.

Aún sigue posado, aún sigue posado

en el pálido busto de Palas.

en el dintel de la puerta de mi cuarto.

Y sus ojos tienen la apariencia

de los de un demonio que está soñando.

Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama

tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,

del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,

no podrá liberarse. ¡Nunca más!

íngel Guinda

La práctica totalidad de vosotros no tendréis conocimiento de que esta persona existe, pero ahí­ está. íngel Guinda fue, es y será el mejor o, por lo menos, al que recuerdo de un modo más especial, de mis profesores de Lengua.

í‰l es, ante todo, un poeta. Un gran poeta, me atrevo a añadir. Y lo digo además con admiración hacia el.

Es de ese tipo de profesores que cuando estabas en clase pensabas que no se daba cuenta de las cosas pero que, con el paso de los años, descubres que el que no se enteraba de nada eras tú. Que era el quien te engañaba con sus tics nerviosos o sus llamadas de atención. Que tú eras mas listo porque no te veí­a que no hací­as los deberes pero que él lo sabí­a perfectamente. Es alguien especial.

Aún guardo con muchí­simo cariño una postal que me dió hará, lo menos, 9 años. En ella pone “para Daniel, mi periodista favorito. Con Cariño” y su firma. í‰l ya sabí­a que tirarí­a por ese camino y, lo que es mejor, nunca me puso pegas. Recuerdo que algunas veces tení­a que salir de clase para ir a hablar con la coordinadora del periódico del Instituto y, ya de paso, me pasaba un cuarto de hora moneando por ahí­. Nunca supe si él lo sabí­a, pero intuyo que sí­.

Hoy está jubilado. No sé si por cansancio o por edad, pero lo está. Y cada año hay 60 chavales que dejan de conocer al gran íngel.

Soy consciente que no es un gran post. Nunca he pretendido que lo fuese. Es, sencillamente, una muestra de cariño y aprecio por quien puso su particular granito de arena para que, en parte, yo sea como soy. Sé que no soy el único que opina esto.

NO

Soy un claro interior, el porvenir
de una puerta que siempre está atrancada.
La trampa de vivir y ver morir.

Contra la destrucción de la conciencia
bramo, reviento, clavo en Dios los codos.
Soy un zarpazo roto de paciencia.

Una luz que, arañando los escombros,
borra la niebla y sigue hacia adelante.
Un hombre con la sombra hasta los hombros.

Como hambre y bebo sed con todos
los condenados a escarbar la nada.
Esto no es un poema, es un desplante.

Profundamente grito un no rotundo.
Yo no quiero vivir en este mundo

CAJAS

Lo dirí­a una indí­gena y tendrí­a razón.
“Ustedes tienen la vida organizada en cajas.
Nacen y les dejan en una cajita,
su casa es una caja, y las habitaciones
son cajas más pequeñas.
Suben a la casa en una caja,
bajan a la calle en una caja.
Viajan en una caja.
Duermen y hacen el amor sobre una caja.
A través de una caja ven el mundo.
Cambian de casa: lo meten todo en cajas.
Y cuando mueren
les introducen también en una caja.
Los Bancos y las Cajas tienen caja,
los establecimientos tienen y hacen caja.”
Todo está hecho para que encajemos.
Nos encajan la vida.
Algunos no encajamos, y nos desencajamos
.

Y para ver quién y cómo es íngel Guinda, os dejo un video de la mano de mi buen amigo David:

Desde aquí­, un abrazo.

Fallece Juan Antonio Cebrián

Fotografí­a de archivo de EFEMe he quedado a cuadros cuando lo he leido en “El Paí­s“, la verdad. Juan Antonio Cebrián era una de las voces de la radio que me picaron para querer dedicarme al mundo radiofónico en un futuro. Desde “La rosa de los vientos” consiguió que mi interés por la historia fuese “in crescendo” hasta llegar a cotas insospechadas por mis profesores, ya que gracias a él conocí­ datos que mis profesores no enseñaban (pero valoraban en los exámenes).

Era, ante todo, un grandí­simo comunicador que logró que un chico de 14 años se quedase despierto hasta las 3 de la madrugada para escuchar sus Pasajes de la historia (bien reflejados, posteriormente, en sus libros), su “azul y verde” y sus tertulias nocturnas.

Ayer, dia 20 de Octubre, falleció de un infarto repentino, tal y como informaba la propia emisora.

Anoche,se fue un gran periodista, un gran comunicador y una grandí­sima persona.

Desde aquí­, mi más sentido pésame a su familia.

Como homenaje, os dejo uno de sus mejores (aunque, en mi opinión, todos eran grandiosos) pasajes de la historia: William Wallace y con el mensaje que leyó Onda Cero anoche para comunicarnos a todos la desaparición de este, nuestro Gran Capitán.

[mp3]http://www.goear.com/files/sst/7a74abda10980ed235de3b38c119c4d4.mp3[/mp3]

[mp3]http://www.goear.com/files/sst4/fbc5360a9a05e3583cdeb71ee22933c9.mp3[/mp3]

Descanse en paz, Maestro. ¡¡¡FUERZA Y HONOR!!!

Pd: Las lí­neas sobre el Gran capitán son de la web de Carlos Canales, colaborador y, sobre todo, amigo de Juan Antonio Cebrián, y la lectura del mensaje la he conseguido gracias a este blog y a goear.

Holocausto

Hoy he terminado de leer “Holocausto” de Gerlad Green. El libro plantéa los sucesos ocurridos en la 2ª Guerra Mundial desde dos enfoques diferenes: el de Rudi Weiss, un chico judí­o-alemán que se ve obligado a abandonar su hogar en Berlí­n tras los sucesos ocurridos en su barrio, y más tarde en su paí­s, tras la elección del partido Nazi, y Erik Dorf, un joven abogado berlinés. Weiss es el narrador de la historia y es el que presenta todas las situaciones. Deral Green recurre a contar la historia de Dorf mediante un diario escrito por el joven y que llegó a las manos de Rudi gracias al tí­o del berlinés.
El libro merece un 10 en puntuación, ya que engancha desde el primer momento y no puedes despegarte de él hasta que no has llegado a la última hoja. En mi opinión es muy recomendable.