Crónica de un desengaño

Me han mandado escribir para clase una crónica de mi primer dí­a de clase. Curioso, pero es una buena manera de obligarme a escribir en este lugar. De hecho, lo que de aquí­ salga será lo que entregue como mi crónica. Por eso, y para no haceros sufrir demasiado, dejaré el resultado publicado justo después del salto. De este modo, quien quiera podrá leerlo y quien no pues, lógicamente, puede no leerlo y volver por aquí­ en otro momento. En fin, que os dejo con la crónica tras el salto.

Después de cuatro años de secundaria, dos de bachillerato y uno trabajando para conseguir dinero, comencé mi andadura universitaria. Desde siempre, o por lo menos desde que tengo memoria, quise estudiar periodismo. Sin embargo, una mezcla de pereza y carácter distraí­do dieron como resultado una baja nota en aquel trámite estudiantil llamado selectividad. Tras haber intentado entrar en las diferentes Universidades de la Comunidad de Madrid el año antes con resultado negativo, volví­a a intentarlo de nuevo abriendo el espectro de carreras que podrí­an llegar a interesarme. Curiosamente fue una de las opciones que puse de manera aleatoria la que me encaminó hacia la Universidad Carlos III, donde inicié mis estudios en Derecho y Periodismo.

Tomándole el pulso a la Universidad

Desde el segundo dí­a en aquel Campus supe que me marcharí­a de allí­ al año siguiente. Un Campus instalado en unos antiguos cuarteles que, sin embargo, me parecí­a un lugar maravilloso. Todas sus aulas parecí­an pequeños teatros. Allí­ conocí­ a gente maravillosa de la que guardo un gran recuerdo. Compañeros de fatigas y cervezas. Sin embargo, mi lugar no estaba allí­. Aprendí­ a diferenciar a la buena y a la mala gente gracias a aquella combinación de carreras, pues refuté una creencia muy arraigada en mi cabeza consistente en que los abogados son o gente muy, muy buena o auténticos sinvergí¼enzas. Mis compañeros de barra eran, sin duda, del primer grupo.

Próxima estación: Universidad Rey Juan Carlos

Un año más tarde, con la experiencia que me daba mi primer año de Derecho, conseguí­ entrar en la Universidad Rey Juan Carlos. Recuerdo como si fuera ayer mi primera impresión en aquel primer dí­a. El Campus estaba (y está) a las afueras de Fuenlabrada, con todo lo que ello suponí­a. Cerca de la Universidad habí­a una granja industrial que daba un cierto aroma especial al recinto. A mucha gente le desagrada ese olor, sin embargo a mí­ nunca me molestó, pues no era la primera vez que olí­a algo similar. Los aularios eran tan frí­os como poco apetecibles visualmente. Recordé con una sorprendente añoranza los viejos cuarteles. Cuando entré en el aulario y vi por primera vez a los que serí­an mis compañeros, un escalofrí­o me recorrió la espalda. Los tres años que les sacaba a la mayorí­a eran un vací­o aparentemente insalvable. Veí­a a gente que, a primera vista, me parecí­a estúpida. Con el paso del tiempo descubrí­ que, sin duda, la primera impresión puede estar errada en alguna ocasión, pero muchas veces es certera.

Aquel primer dí­a no fue para mí­ algo emocionante. Ya habí­a vivido todo aquello el año anterior. No era sorprendente. Fue un simple trámite. Conocer a los profesores, las instalaciones, la cafeterí­a, etc., era algo que ya habí­a hecho. Seguí­a preguntándome que les pasaba a aquellas personas. Francamente, muchos me parecí­an crí­os que se acababan de escapar de la E.S.O. De hecho, aún hoy pienso que muchos son crí­os.

Aprender no siempre es divertido

La sensación de madurez que encontré en la U.C.3.M un año atrás se esfumó cuando vi el panorama que me esperaba en los siguientes cinco años. Por supuesto, no era la única cosa que llamarí­a mi atención aquel dí­a. Los temarios de las asignaturas me demostraron ya desde el primer momento que la carrera iba a ser un manojo de asignaturas sin sentido ni relación con la comunicación. Una amalgama de materias innecesarias impartidas por profesores que, lejos de saber de lo que hablaban, demostraban minuto a minuto que no sabí­an hacer ‘la O con un canuto’. Profesores incompetentes que daban la materia por concluida el primer dí­a ya que todo lo que podrí­an explicarte ya estaba escrito en su libro que, por supuesto, debí­as de comprar para aprobar su asignatura. Con los años, son muchos los profesores que me han mandado comprar su libro. Materias tan anodinas como insustanciales.

Y, por supuesto, lo que realmente aprendí­ aquel primer dí­a fue que mi carrera, la Licenciatura en Periodismo, era la cosa más insustancial e innecesaria que existe en el mundo. Y esto es así­ porque quienes la imparten no creen en ella. Muchos sólo ven su ego y, tras él, nada. Otros, sin embargo, dan su asignatura sin ningún tipo de interés. Tonos monocordes en asignaturas grises que matan el interés para la mayorí­a de alumnos a causa de la desidia del profesorado.

Comprendí­ que para llegar a ser alguien en la comunicación hay que huir de las enseñanzas de esos profesores. Tener tu propio criterio. Aquel primer dí­a comprendí­ que la mayorí­a de profesores que me tocaron en suerte aquella jornada no sabí­an comunicar, pues no consiguieron que el alumnado se interesase por lo que decí­an.

Con el paso del tiempo he ido conociendo a mucha más gente. Compañeros de clase que han sabido aceptarme como soy y profesores que amaban su trabajo. Sin embargo, supe encontrar a quienes manchaban el nombre de la profesión de periodista. Supe ver en quién no me querí­a convertir. Aprendí­ que era lo que no querí­a hacer. Aquel primer dí­a, aquel trámite universitario que para otros fue tan excitante y que fue para mí­ la repetición de algo ya vivido. Aquella fecha que se repetí­a como su fuese el “Dí­a de la Marmota” y yo “Phil Connors” me enseño lo suficiente para aguantar los años que vendrí­an. Seis horas en las que descubrí­ el triste paisaje que me acompañarí­a los siguientes cinco años de mi vida.

Para muchos, esa estampa desalentadora fue un buen motivo para abandonar. Para mí­ se convirtió en mi pequeña carrera de fondo. Si lograba llegar a la meta entre tanta estulticia, el resto serí­a un camino de rosas. Hoy voy por el cuarto año y casi puedo rozar la lí­nea de meta. No hay dí­a que no recuerde aquella sensación y piense que debo acabar la carrera. Cuando lo haga, estaré preparado para bregar con lo que me espera en el mundo real. Hasta entonces, seguiré aguantando el temporal.

11 pensamientos sobre “Crónica de un desengaño”

  1. Reconozco que se me ha contagiado un poquito del desaliento que describes en la entrada, pero aplaudo que tú, a pesar de describirlo bien, no te dejes contagiar por él.

    Lo de los profesores que no comunican es un gran mal aquí­ en España, te lo digo yo, y como bien resaltas, en gran parte se debe a que no sienten en sus entrañas lo que enseñan, y en consecuencia, no contagian su amor por lo que hacen. También estoy de acuerdo en el asunto del ego, porque en Magisterio tení­amos la misma (en algunos casos, volviendo absolutamente insoportable al profesor en cuestión).

    Bien por esta entrada, y suerte para combatir el desengaño 😉

  2. Revisa un poco antes de entregar, que falta algún acento y alguna frase un poco coja.
    Por lo demás, me alegro de que vayas a entregar este alegato en favor de la inteligencia y el buen hacer. A ver cómo se lo toma el profesor, porque como se de por aludido…

  3. LadyRugionaria: Es un mal endémico en las universidades, jejejeje.

    Ponzonha:Si, tengo que revisarlo. Lo de las frases cojas es porque eliminé algún cacho y cometí­ el error de no releer. Cuando llegue a casa lo arreglo. Y en cuanto a lo del profesor… ya te diré cuando lo lea.

  4. Quizás demasiada sinceridad para entregarlo, como dice el Dr. Ponzonha, como el profesor en cuestión se de por aludido lo llevas chungo…

    Quitando ese pequeño detalle, (b)ravo por la crónica

  5. ¡Cómo siempre…chapó!¡Me encanta!
    Lo de la desmotivación y los profes que no transmiten creo que es un mal común a muchas cosas…yo estoy aquí­ con mi trabajo sobre “la desmotivación del profesorado”
    La verdad es que estoy convencida de que sabrás manejar lo que te llegue, y espero que algo me hayas contagiado. Porque sí­, aunque parezca mentira, doña optimista tiene sus momentos de desaliento como la que más…es genial contar contigo en ellos
    😉
    P.D. Si el profesor se da por aludido, reconocerá que tienes razón, y como todo está educadamente escrito no creo que lo valore negativamente. (Al menos, si es justo, no deberí­a)

  6. Estos dos últimos dí­as me he vuelto a enamorar de la prensa y del periodismo. Todaví­a se puede hacer morder el polvo a los poderosos juntando letras.

    Y Wikileaks nos devolvió a la realidad.

  7. Jarne: Sin embargo, me sigue llamando la atención el hecho de que los medios que han publicado los datos que tení­a Wikileaks lo han hecho porque Wikileaks se los ha enviado, no porque se pelasen el culo investigando.

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